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Desde hace un tiempo, tengo la sensación de que más allá de las complejas circunstancias actuales (las desgracias, la contaminación, la violencia, etc.) una de las principales causas del desánimo general es que las personas solemos contarnos muy mal nuestra propia película… Me explico.

 

Estoy convencido (al menos es lo que he podido experimentar en mi propia vida) que somos los guionistas, directores, protagonistas y espectadores de nuestra propia historia y, a pesar de ello, nos la creemos hasta tal punto, que aun tratándose de una mala película que no nos favorece, no somos capaces de reescribirla.

Si hacemos una encuesta en la calle, con cámara y micrófono en mano (es increíble lo que ocurre cuando una persona se ve frente a la cámara, pero esa es otra película…), estoy seguro que al menos el 90% de las personas responderán que el sentido u objetivo más importante de vivir es ser feliz.

Pero, ¿se puede ser feliz con miedo?

Imagino que tu respuesta es igual que la mía: NO.

Vivir en Automático – Zona de preocupación

Partamos por ponernos de acuerdo respecto del miedo. Me refiero al miedo que nos alarma, no al que nos mantiene en alerta y nos permite tomar precauciones.

El miedo que nos alarma, nos deja sin dos “herramientas claves” que se encuentran en la zona prefrontal de nuestro cerebro: la creatividad y la inteligencia. Es decir, la posibilidad de tomar las mejores decisiones en cada circunstancia.

Este miedo nos tiene intranquilos y no nos permite confiar en nada ni en nadie. En realidad, no es que desconfiemos de todo, es que no confiamos en nosotros mismos ni en nuestra capacidad de respuesta.

“Un pájaro posado en un árbol nunca tiene miedo de que la rama se rompa, porque su confianza no está en la rama, sino en sus propias alas.” Anónimo

¿Cómo ocurre esto? Aquí es donde empezamos a contarnos mal nuestra película. 

Vivimos en automático, moviéndonos de un lado para otro, sin dejar de “hacer” continuamente, porque necesitamos lograr ciertos resultados y objetivos que, en la mayor parte de las veces, han sido fijados por otros.

Tener puesto el foco siempre fuera de nosotros, en lo que sucede, es como vivir constantemente arriba de una montaña rusa de emociones que sube y baja, según lo que tenemos y/o logramos. 

Pasamos de la alegría a la frustración en cuestión de minutos, dependiendo de lo que ocurre, y finalmente no nos queda más remedio que concluir que esta vida es dura, difícil, dolorosa, de sufrimiento, etc., etc.

Vivimos siempre instalados en una zona de preocupación, porque son muchas las circunstancias que no dependen de nosotros y que inciden directamente en cómo nos sentimos, en cómo nos definimos y en cómo nos contamos la historia de nuestra vida.

¿Cómo es posible que decidamos cada día poner nuestra tranquilidad en manos de otros y en circunstancias externas que son inciertas y cambian cada vez más rápido? 

Somos víctimas de la búsqueda de una felicidad que no depende de nosotros y acabamos conformándonos con alegrías pasajeras.

Nos identificamos con lo que tenemos y logramos. Y además, nos sentimos orgullosos, aunque cansados, de haberlo conseguido con tanta lucha y esfuerzo.

Si nos preguntan fuera de cámara (o de las Redes Sociales) diremos que la vida es incierta, dura y difícil.

Vivir a consciencia – Zona de influencia

Sin embargo, hay otra forma de vivir la vida y de contarnos nuestra película, sin que ello suponga cambiar ni quienes somos ni las circunstancias, que no dependen de nosotros.

Siempre me he preguntado por qué hay personas que son capaces de salir adelante y otras no, a pesar de que comparten circunstancias y condiciones iguales o incluso peores. ¿Qué ocurre en el interior de esas personas versus las otras?

Hay una frase de N.D. Wals que, a mi juicio, da en la clave: 

“No puedes cambiar el acontecimiento externo, de modo que debes cambiar la experiencia interna. Esa es la llave maestra de la vida”.

A menudo, personas que admiramos cuentan cómo han llegado a donde están y sus respuestas siempre tienen que ver con: pasión, propósito, convicción, compromiso, paciencia, perseverancia, etc.

Todas ellas son condiciones internas del ser humano, que no dependen de ninguna circunstancia externa. 

Es decir, son personas que pusieron el foco en su interior y que confían en su capacidad de responder ante lo que ocurre. 

Son personas que suelen tener claro quiénes son y qué quieren para su vida, y no están dispuestas a dejarlo en manos de las circunstancias externas que les tocan.

De este modo, pasan de vivir en automático y en zona de preocupación, que les genera temor e incertidumbre, a vivir desde la consciencia y en una zona de influencia, puesto que saben que depende de ellos cómo actúan ante lo que ocurre.

No se identifican con lo que tienen o han logrado, sino con lo que son. Y por ello, no tienen miedo de perderlo. Pues en el caso de que suceda, son capaces de lograrlo nuevamente.

Hay un ejemplo en el mundo del deporte que me encanta. Se trata de Nani Roma, participante en el Rally Dakar, primero en motos y después en autos. 

Necesitó varios años para lograr la victoria de la prueba en motos… incluyendo ediciones en las que perdía en la penúltima prueba, cuando casi podía tocar la victoria, porque se rompía su moto o su “cuerpo”. Podía haber desistido, motivos no le faltaban, pero es su pasión, su mundo y siguió hasta que lo logró.

Al año siguiente, decidió pasarse a autos y empezar de nuevo, porque en motos ya lo había conseguido.

Triángulo de la vida

Si extraemos una lección de las personas que viven conscientes y en su zona de influencia, es que saben quiénes son y deciden y actúan en coherencia con quienes son.

Por eso, Ghandi decía que “la felicidad se alcanza cuando lo que uno piensa, lo que uno dice y lo que uno hace está en armonía”. 

Te comparto un esquema que llamo el triángulo de la vida y que se compone de tres instancias: re-cuerda, decide y actúa.

Re-cuerda 

Cor-cordis en latín significa corazón. Re-cordar es volver a pasar por el corazón. 

Es decir, que no pase ni un solo minuto de tu vida desconectado, olvidado de lo que realmente eres, de tu sentido de vida, de tu pasión, de tu propósito, de tus dones y talentos, de aquello que te hace único.

Decide

Usa tu mente a favor de tu corazón, de tu esencia. Elige, comprométete y pon tu creatividad e inteligencia al servicio de aquello que te hace único y que te permite aportar el mayor valor a los demás.

Actúa

Pon tu cuerpo, tu acción, tu voluntad, tu paciencia y perseverancia al servicio de la decisión, de la estrategia que tu mente ha construido siguiendo a tu corazón. 

De este modo, las circunstancias se convertirán en las dificultades que necesitas afrontar y que te ayudarán a aprender y a superarte a ti mismo. Dejarás de ser su víctima y te convertirás en el protagonista de una película que merece la pena ser contada.

Estoy convencido que la vida no es fácil o difícil, pues ni uno ni otro adjetivo nos sirven de nada. La vida tiene sentido o no lo tiene… Y cuando tiene sentido, vives inspirado.

¿Te gustaría una charla sobre este tema?

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